Ilustrado por Rafael Fernández Herrera

martes, 10 de enero de 2012

La rueda sigue girando




Era de madrugada, noche cerrada, como siempre que mi abuelo se levantaba, aquel día, sin él saberlo iba a ser diferente para la vida de un niño de ocho años que se dirigía a una de sus aventuras preferidas: un día de pesca.
         No eran las cinco de la mañana cuando noté la mano firme  de mi abuelo en el hombro. Como si tuviera un muelle y sin tan sólo desperezarme salté de la cama y me dirigí a la cocina donde ambos desayunamos. Nada tendría de especial ese desayuno de no ser por lo que en ese momento ocurrió. Mi abuelo Vicente puso la leche en una taza amplia, quién sabe si será la misma que ahora se encuentra sobre la campana de mi cocina y que trajera mi bisabuelo de Cuba, de aquellas en las que se tomaba la salsa de navidad. Con mirada atónita pude contemplar como el abuelo empezó a poner cucharadas de azúcar, una, dos, tres, cuatro,…perdí la cuenta.
-Cuantas cucharadas quieres?-me preguntó el abuelo.
-Ya está bien, gracias -le contesté de forma respetuosa pero expectante por el sabor que tendría aquel brebaje.
Empecé a beberme sin rechistar el vaso de leche que hoy, treinta años después recuerdo como si lo tomara en este mismo momento. Terminado el desayuno mi abuelo se dirigió al almacén donde guardaba sus herramientas y aquella bicicleta que todavía hoy se conserva. Colocó aquella vieja caña de bambú que se desmontaba en tres piezas y la anudó con el cordón de un zapato que ya habría tirado por viejo. Colocó una almohada para que  fuera cómodo y me sentó en la parte trasera de la bicicleta.
 Salimos de casa cuando el sol todavía no había salido, el aire del mar de la mañana era frío y nos golpeaba en la cara. Llegamos al faro de Botafoch. Recuerdo perfectamente los caracoles de tierra que llevábamos de cebo y la total perplejidad y entusiasmo con que yo miraba aquel corcho rojo flotando en el agua. A cada picada de los peces el pequeño elemento flotante desaparecía de mi vista provocando una aceleración en mi pulso. Después de varias horas de pesca el botín fueron siete, puede que diez pequeños peces. No importó para entender que aquel día de pesca podía cambiar algo en la forma de ser de un niño.
          Treinta años después, el mismo día que nos dejaste yo me encontraba pescando con mi hija, tu bisnieta de 7 años en el mismo faro de Botafoch con el mismo botín, siete u ocho pescados. Probablemente, dentro de treinta años más, llevaré a mis nietos, tus tataranietos a pescar al faro pero te prometo que esta vez lo haré en bicicleta.

 Cuanta sabiduría en tanta sencillez!

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