Ilustrado por Rafael Fernández Herrera

martes, 21 de agosto de 2012

Nunca antes había oído latir mi corazón de forma tan nítida

 Nunca antes había oído latir mi corazón de forma tan nítida. Sumergido en la piscina, aguantando la respiración, totalmente liberado al suave contacto del agua con la piel y concentrado en mantener la respiración el mayor número de segundos posible empecé a oír un bum, bum, bum cada vez más perceptible. Me encontraba con los brazos abiertos, mirando hacia el suelo y cayendo muy suavemente hacia el fondo de la piscina a medida que iba soltando lentamente el aire depositado en los pulmones. A cada parón del torrente de burbujas volvía el bum, bum, bum.
 El impulso de la sangre en su periplo por los canales de riego de mi cuerpo producía un eco en mi cabeza. Mis sienes llevaban el recuento del pulso incansable al que debo mi vida. Una corta interrupción de ese bombeo, suave y relajado en ese momento, tendría un final implacable. Repetí el ejercicio varias veces, me entregué a la ingravidez de mi cuerpo en el agua y por un minuto de descanso pulmonar pude oír mi corazón latir de la forma más nítida que jamás había oído.  Tal vez metido en el útero materno escuchara ese sonido del corazón de mi madre cuarenta mayos atrás.
  Es curioso como mi músculo más importante permanece trabajando día y noche pasando desapercibido, en silencio, sin protagonismos. Todo lo importante de nuestras vidas permanece oculto, trabajando en la penumbra, cocido a fuego lento. Un día sin previo aviso oyes el bum, bum, bum  o dejas de hacerlo. Es tan sencillo como eso.
  Si no has oído antes ese sonido sumérgete en agua y escucha lo que ocurre.

 Es la vida que te recuerda que estás vivo